Amor rojiblanco

Esta es la historia de dos hermanos. Ambos fervientes apasionados y fieles seguidores del Club Guadalajara.

El día que Jesús se comprometió a casarse con su novia, Juan sintió el típico celo de hermano. No lograba aceptar la idea de que su hermano ya no tuviera el mismo tiempo y dedicación para con él y con el equipo. Eran almas gemelas en los estadios, los unía algo más que la hermandad de sangre, la hermandad Rojiblanca…

Jesús al tener la gran oportunidad de amor frente a su vida, decidió dar el paso ante al altar, olvidándose de aquella vida de soltero que lo hacía ir a los partidos en compañia de Juan. Cuando este se enteró que la fecha exacta de la boda de su hermano, sería el mismo día que Chivas iniciaba la temporada, él se quería morir.

– ¿Acaso te volviste loco?, ¿cómo carajos se te ocurre casarte justo el día de que inicia el torneo?, le preguntó.

Jesús, no podía creer lo que escuchaba. Lleno de rabia por el reclamo, procedió al insulto fácil, al que siempre usan los hermanos para vengarse, lo tachó de ser un enfermo obsesivo, de ser un tipo sin mayor ambición en la vida y únicamente apoyar a un equipo que ni siquiera sabía de su existencia.

– ¡Ya está decidido, Juan!, piensa que el Club no anda bien y a cada rato me ponen los nervios de punta, además, estoy en consolidación financiera, respondió Jesús.

– Pero el equipo nos necesita hoy más que nunca. Además tu famosa consolidación financiera no te importó cuando pagaste el doble por un boleto en la final, ¿desde cuándo te volviste de ocasión?, contrapuso Juan.

Jesús empezó a decir otras cosas sin sentido, algo que sólo las dice quién está lleno de impotencia. Después de un silencio, Juan dio la vuelta y se fue. Las nobles palabras de Juan, le habían calado en lo más profundo de su corazón y de su orgullo. Al ver marchar a su hermano cabizbajo y triste, Jesús entendió bien que ser aficionado a un equipo exige un gran compromiso. Es como una relación: A una mujer la ves diario, le escribes cartas de amor, la procuras estando al pendiente de ella, si tienes una cita es imposible cancelarla, lo mismo pasa con el Club, tienes que estar comprometido sino las cosas no salen como uno espera.

A escasos días de la boda, en una de las tantas cotidianas comidas familiares, Juan miraba a todos en la mesa, aprovechó un breve silencio, de esos que se dan cuando todos prueban los alimentos y se dan el tiempo para degustar el guiso.

– No podré ir a la boda del sábado porque juega Chivas, exclamó Juan en tono seguro.

Un silencio profundo invadió el ambiente sobre la mesa.

– Te vas a enfermar de tanto fútbol, mejor búscate una novia, respondió su madre.

– Si he de morir, que sea por Chivas…, contestó Juan.

De repente, habló su padre, con una voz calmada pero muy enérgica, de esas que suelen hacer los padres cuando no te dan posibilidad de otra opción:

– Así juegue el mismísimo ‘Tigre’ Sepúlveda, tú vas a ir a esa boda, te guste o no.

Juan se levantó furioso y subió a su recámara. En su mente, no dejaba de pensar en las opciones que tenía para librarse del dichoso evento, pero todas lo llevaban a lo mismo. Era imposible escaparse de ese compromiso, y más tratándose de la boda de su hermano. Poco a poco, Juan fue pasando de la resignación a la creatividad. Si le era imposible librarse de la boda, al menos debería de encontrar la forma de ver o escuchar el partido. Para su mala suerte, el arranque del juego coincidía justo con el de la ceremonia religiosa. Pero cómo ya saben, los verdaderos aficionados por todos lados le buscamos, y más con la ayuda de la nueva plataforma de ChivasTV Radio. Lo que en principio parecía una misión imposible, fue tomando forma al paso de los días… El plan era infalible.

Y lo fue. Llegó el día de la boda. Juan se miró en el espejo y soltó una leve sonrisa irónica. ¡Hasta dónde había sido capaz de llegar, todo por Chivas! Algo bueno debía depararle el destino, pensó el joven inquieto, sin saber que precisamente ese día, quedaría marcado por el resto de su vida…

Se anudó la corbata y cuidadoso se colocó un pequeño auricular en la oreja izquierda, sí, en la zurda, porque como buen futbolero, hasta para eso existen las cábalas. Salió de su cuarto y se encontró con su hermano, se abrazaron fuertemente. Se desearon suerte, y se fueron a la iglesia en familia.

Llegó el momento. Se acercaba el pitazo inicial. Juan tenía la sensación de estar viviendo dos vidas a la vez. De estar ahí, en la boda y en la cancha, alentando desde la tribuna, imaginando cómo saltaba su equipo al campo en medio del estruendo. Mientras el Sacerdote cantaba la alabanza. Las manos de Juan sudaban, incluso más que las de Jesús, quien permanecía hincado junto a su futura esposa, recibiendo la bendición.

Cuando todos estaban en el rezo. Juan emprendió el plan. Miró de reojo a sus padres, que a su vez no podían dejar de ver con lágrimas a su otro hijo en el altar. Juan, ansioso, tomó su celular y puso el partido en ChivasTV Radio, comenzó a escucharlo mediante el auricular.

– Estamos aquí reunidos en la Catedral de Guadalajara para consagrar el matrimonio de nuestra hermana María y nuestro hermano Jesús, decía el padre.

– Y arranca el partido de Chivas, decía el comentarista Enrique Noriega López. Mientras, Gabo Sainz daba su pronóstico del partido, Oliver Guerrero Pineda nombraba la alineación de Chivas por las bocinas del estadio.

Juan, con su oído derecho escuchaba al padre y con el otro al narrador. Los minutos pasaban, y mientras en la iglesia todo marchaba bien, en la cancha algo iba mal, Eduardo López fallaba un tiro que parecía abrir el marcador. Pero cómo ya se sabe, el tiempo es muy caprichoso, casi siempre junta los momentos de alegría para que sólo puedas vivir uno a la vez; porque justo cuando los novios aceptaron unir sus vidas para siempre. Allá, en la cancha, Chivas marcaba el primer gol que, a decir del narrador, fue producto de una jugada majestuosa por parte de Alan Pulido. Juan quiso mantener la alegría, pero no pudo, en el preciso momento en que iba a soltar el grito de Gol, escuchó de la banca de enfrente, un fuerte grito que se le adelantó repentinamente. Era el grito de alegría de una hermosa mujer llamada Erika, la hermana de la novia, que desde su lugar en la iglesia, estaba en las mismas que él, atada al partido desde un auricular.

Aún atrapados por la euforia del gol, Juan y Erika se miraron por un instante, lo suficiente como para encontrarse como cómplices del mundo, como cómplices del Rebaño. Ambos se habían robado la atención de todos, y lo sabían… Desde el altar, los esposos no daban crédito de lo que ocurría, pero no había rencor, porque en el ambiente se respiraba esa sensación de estar presenciando algo algo increíble, algo único, algo romántico, algo que sólo la pasión por Chivas puede unir…

Juan y Erika se abrazaron para festejar el virtual triunfo de sus Chivas, aún sin conocerse; así como ocurre en los estadios donde abrazas a todos sin conocer después de un gol Rojiblanco. Mientras proseguía la ceremonia, los nuevos enamorados se sentaron juntos. Callados y discretos, colocaron el celular en medio de ambos, y entre que miraban la boda y entre que escuchaban el partido, sus caras eran de felicidad. Al momento del silbatazo final, sellaron el triunfo con otro abrazo y un tierno beso, justo en el mismo momento en que el Sacerdote le decía a su hermano:
«Puede besar a la novia».

Aunque extrañamente por cuestiones ajenas a esta historia la misa duró poco más de 90 minutos, la fortuna jugó de lado de los dos hermanos, por ambas partes… y de Chivas, por supuesto.

Lo que siguió después; luego se las contaré, porque esa….
Esa es otra historia.

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